Había pasado más de un mes desde aquel fallido ataque por parte de la manada del sur.
Treinta y cuatro amaneceres desde que Gamaliel y yo habíamos llegado a la manada de la periferia.
Y sin duda, ya nada era lo mismo.
Lo observé desde la entrada de la cabaña mientras terminaba uno de los entrenamientos que Remus le imponía cada mañana. Su respiración seguía siendo agitada al finalizar, pero ya no se desplomaba sobre el suelo como las primeras veces. Sus movimientos eran más precisos, su postur