Desperté antes que Gamaliel.
No fue el sonido del bosque ni el cambio en el aire lo que me hizo abrir los ojos.
Fue su olor y su esencia, lo que hacía estragos en mi mente, y no entendía el motivo.
Aquella sensación estaba ahí, inmediata, imposible de ignorar. Como un hilo tenso que me unía a su presencia, incluso antes de mirarlo.
Giré apenas el rostro.
Gamaliel seguía dormido, recostado contra el asiento, con la respiración profunda pero inestable, como si incluso en sueños algo dentro de él