No esperé a que nadie me cuestionara.
Ya había perdido la paciencia.
Apenas salí del círculo, supe que no había terminado.
Mi hijo seguía en peligro, y yo lo ayudaría cueste lo que cueste.
—Remus.
Su voz me detuvo antes de que pudiera alejarme lo suficiente.
Me giré.
Ella ya estaba ahí.
Mi Luna.
De pie, firme, con los ojos clavados en mí como si pudiera ver exactamente lo que estaba a punto de hacer.
—No vas a hacerlo —dijo con solemnidad.
No fue una pregunta, fue una orden.
Un escalofrío re