Capítulo 41: Tu padre

Decir que estaba aterrado era quedarse corto.

La presión en el pecho no cedía, y por más que intentara controlarlo, mi cuerpo no respondía como debía. Todo en mí gritaba que reaccionara, que peleara, pero no pasaba nada.

Y eso era humillante.

Me sentía expuesto, vulnerable… inútil.

Miel seguía frente a mí, firme, sosteniendo una línea que ni siquiera yo era capaz de ver del todo. Dejé que me protegiera, y aunque sabía que no tenía opción, aquello me golpeó el ego más de lo que quería admitir.

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