Decir que estaba aterrado era quedarse corto.
La presión en el pecho no cedía, y por más que intentara controlarlo, mi cuerpo no respondía como debía. Todo en mí gritaba que reaccionara, que peleara, pero no pasaba nada.
Y eso era humillante.
Me sentía expuesto, vulnerable… inútil.
Miel seguía frente a mí, firme, sosteniendo una línea que ni siquiera yo era capaz de ver del todo. Dejé que me protegiera, y aunque sabía que no tenía opción, aquello me golpeó el ego más de lo que quería admitir.
S