—Por favor, cuídate.
La voz de Marcella se quedó conmigo incluso después de darme la vuelta. No necesité mirarla otra vez para saber cómo estaba, lo había visto en sus ojos, en ese brillo contenido que no lograba ocultar.
Aun así, me detuve.
Por ella.
Porque, aunque no me hubiera brindado su apoyo de inmediato, seguía siendo la loba que yo había elegido para compartir mi vida.
Mi Luna.
Me acerqué y tomé sus manos entre las mías. Estaban frías, en contraste con el calor de las mías.
—No te preo