20. ¡Ella no tiene la culpa!
Clara
El tiempo no corre; se arrastra sobre mi pecho como una losa de concreto. Cada segundo es un latido sordo en mis oídos que me grita que estoy perdiendo la batalla. Matti sigue en la cama, su cuerpo pequeño sacudido por escalofríos que no cesan a pesar de las mantas. Sus mejillas están de un color carmesí tan intenso que parece que la sangre fuera a brotarle por los poros.
—Lali… —balbucea con los ojos entreabiertos, desenfocados—. Lali, no me dejes solo… tengo frío.
—Aquí estoy, mi amor.