95. El niño es la clave
Maximiliano
Ella retira las manos despacio, y noto cómo sus facciones se endurecen en un segundo. Abre la boca, y por un instante mantengo la vana expectativa de que la lógica venza a su orgullo y confiese. Sin embargo, su mirada se enciende en furia pura mientras se pone de pie abruptamente, plantándome cara.
—¡Vaya... prefieres quedarte callada y dejar que tu hermano te odie antes de darme un maldito nombre! —le espeto, perdiendo la paciencia al ver su silencio obstinado.
—¡Las cosas no son t