9. Solo desaparece
ClaraUn frío punzante me recorre las sienes y un olor penetrante, químico, me obliga a arrugar la nariz. Intento inhalar, pero el aire se siente pesado. Lentamente, mis párpados se despegan, pesados como si estuvieran sellados con plomo. Lo primero que veo es el techo artesonado de la oficina, moviéndose en un vaivén mareante.Giro la cabeza y el pánico me recorre la columna. Maximiliano está allí. De pie, con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, parece una estatua tallada en obsidiana. Su rostro es una máscara de furia contenida; me mira desde su altura con una fijeza letal que me hace querer desaparecer entre las fibras de la alfombra.Apoyo las manos en el suelo, mis dedos temblando violentamente mientras intento incorporarme. El mundo da una vuelta de campana.—No te muevas —una voz desconocida, joven y firme, me detiene.Me sobresalto y veo a un hombre sentado a mi lado. Tendrá la misma edad que Maximiliano, pero su mirada no quema; observa con una curiosidad clínica. Tiene
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