—Es magnífico —repitió Alexandra en un susurro, como si temiera romper el momento, mientras el sol comenzaba a hundirse en el horizonte y teñía el cielo de tonos naranjas y rosados.
El circo había dejado atrás Nueva Orleans hacía apenas unas horas y ahora el murmullo del mar de Santa Mónica se mezclaba con el crujir lejano de las carpas y las voces apagadas de los artistas instalándose. El aire olía a sal, a libertad… a algo nuevo.
Gabriel apoyó los codos sobre la baranda improvisada y la miró de reojo. El viento le movía el cabello a Alexandra y por un instante tuvo la absurda necesidad de apartárselo del rostro, de memorizar cada gesto suyo como si fuera algo frágil que pudiera perder.
Sonrió, pero no era su sonrisa confiada de siempre. Era más lenta, más pensativa.
—Nunca me quedo a mirar los atardeceres —admitió—. Siempre hay algo que organizar, alguien que vigilar… o un problema que resolver.
Alexandra lo miró, sorprendida.
—Entonces me siento honrada.
Gabriel dejó escapar una le