—Es magnífico —repitió Alexandra en un susurro, como si temiera romper el momento, mientras el sol comenzaba a hundirse en el horizonte y teñía el cielo de tonos naranjas y rosados.
El circo había dejado atrás Nueva Orleans hacía apenas unas horas y ahora el murmullo del mar de Santa Mónica se mezclaba con el crujir lejano de las carpas y las voces apagadas de los artistas instalándose. El aire olía a sal, a libertad… a algo nuevo.
Gabriel apoyó los codos sobre la baranda improvisada y la miró