Las luces se apagaron de golpe.
Un murmullo expectante recorrió la carpa mientras un foco solitario iluminaba el centro del escenario. La música comenzó baja, profunda, casi tribal, marcando un ritmo lento que hacía latir el pecho.
Entonces, una voz grave y envolvente emergió de los altavoces, llenando cada rincón del lugar.
—Dicen que el destino no se elige… que simplemente aparece cuando menos lo esperas.
El telón lateral se abrió y Gabriel salió a escena, vestido de negro, con los cuchillos brillando en su cinturón. Caminó con seguridad, con esa presencia peligrosa que hacía que el público contuviera la respiración.
—Él nació entre sombras —continuó la voz—. Creció desafiando a la muerte, haciendo de ella su compañera más fiel.
Un segundo foco se encendió al otro extremo del escenario.
Alexandra apareció.
El público reaccionó de inmediato. Vestía el mismo maillot ceñido, brillante, diseñado para llamar la atención y, al mismo tiempo, dejar claro el riesgo. Su cabello recogido, su e