Eran exactamente las 3 de la mañana cuando el teléfono de Alexandra sonó, al mirar el identificador sus ojos se inundaron de lágrimas. Y durante toda la madrugada lloro hasta que el reloj marco las 6
A las seis en punto, cuando el cielo comenzaba a aclararse con un tono grisáceo, Alexandra se incorporó lentamente en la cama. Tenía los ojos hinchados, las ojeras marcadas y la cabeza pesada, como si cada pensamiento hubiese pasado la noche golpeándole el pecho. Se miró en el pequeño espejo del baño y apenas se reconoció: el rostro pálido, los labios resecos, la tristeza aún colgándole de los párpados. Aun así, se lavó la cara, respiró hondo y se obligó a seguir.
— Por ti —susurró, llevando una mano a su vientre—. Todo esto es por ti.
El dinero que Ethan le había dado descansaba doblado dentro de su bolso. Sabía que era suficiente para unos meses, quizá un poco más si era cuidadosa, pero no podía —ni quería— vivir de eso. Necesitaba estabilidad, una rutina, algo que le devolviera la sens