Ese mismo día, empujado por una desesperación que ya no podía controlar, Gabriel terminó frente a la casa de los Montclair. No era culpa, no era amor; era miedo. Miedo a haber perdido algo que, recién ahora, comenzaba a comprender.
Tocó la puerta sin cortesía.
El padre de Alexandra abrió, con el gesto cansado de alguien a quien nada lo sorprende demasiado. Detrás de él apareció su esposa, apoyada en el marco de la puerta, observando la escena con una indiferencia casi ensayada.
—¿Qué quieres? —preguntó el hombre, sin disimular el fastidio.
—Alexandra no aparece —dijo Gabriel, directo—. No volvió al circo. No responde llamadas. Pensé que quizá…
—Aquí no está —lo interrumpió la mujer—. Y si se fue, será por sus dramas de siempre.
El padre asintió con desinterés, como si hablaran de un objeto extraviado y no de su hija.
—Alexandra siempre ha sido impulsiva —dijo—. Desaparece, vuelve… no es la primera vez.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Esta vez es distinto.
—¿Ah, sí? —preguntó la esposa,