Ese mismo día, empujado por una desesperación que ya no podía controlar, Gabriel terminó frente a la casa de los Montclair. No era culpa, no era amor; era miedo. Miedo a haber perdido algo que, recién ahora, comenzaba a comprender.
Tocó la puerta sin cortesía.
El padre de Alexandra abrió, con el gesto cansado de alguien a quien nada lo sorprende demasiado. Detrás de él apareció su esposa, apoyada en el marco de la puerta, observando la escena con una indiferencia casi ensayada.
—¿Qué quieres? —