Gabriel caminó tambaleante hacia la caravana, en su mano llevaba una botella de Jack Daniels, no había querido ver a Alexandra en todo el día, se sentía traicionado y lleno de rabia. Pero ya era momento de volver a aquella caravana.
Entró y encontró todo oscuro, ni siquiera se escuchaba el sonido del abanico que Alexandra Solía encendía en la noche por el calor.
Encendió la luz y no la vio.
— ¿Princesita?
No hubo respuesta, caminó tambaleante hasta la habitación y ella no estaba allí, miró en dirección al closet buscando su ropa y no estaba.
Gabriel comenzó a hiperventilar
Gabriel sintió cómo el aire comenzaba a faltarle de golpe, como si alguien le hubiera apretado el pecho con una mano invisible. La borrachera se le evaporó en segundos, reemplazada por una lucidez cruel y despiadada.
— No… no, no… —murmuró, girando sobre sí mismo.
Dejó la botella de Jack Daniels sobre el frío mesón de la pequeña cocina con un golpe seco. Sus manos temblaban mientras sacaba el teléfono del bolsil