Mundo ficciónIniciar sesión〚GIANLUCA〛
La miro y siento un fuego encenderse en mi pecho, un calor que no había sentido antes. Es como si estuviera mordiendo un fruto prohibido: cada gesto suyo, cada respiración, me atrae más hacia ella, y me duele saber que debo contener algo que ya no quiero contener.
Mis dedos buscan los suyos, los encuentro y los entrelazo. Su piel es suave, cálida, y al tomar su mano siento cómo tiembla un poco contra la mía, un pequeño temblor que enciende aún más mi deseo. No puedo evitarlo: me acerco, beso su cuello con lentitud, suave al principio, luego con más urgencia, y siento cómo se arquea hacia mí.
—Dios mío —susurro con una sonrisa ladeada, apoyando mi frente contra la suya—. Llevo ya una semana en esta ciudad y no había visto algo tan precioso como tú. ¿Dónde habías estado escondida?
Ella se ríe, un sonido que me enloquece, y me mira con esos ojos que mezclan miedo, curiosidad y desafío.
—Normalmente estoy en casa —responde, su voz es un susurro juguetón, cargado de picardía—. No suelo salir muy a menudo.
Asiento con una sonrisa ladeada, mis dedos acarician suavemente su brazo mientras siento su piel temblar.
—Ah, sí, ciertamente tienes la vibra de una chica obediente… de esas que se portan bien en casa —digo, dejando que mi voz sea un juego, un desafío que la intriga.
Ella se ríe, divertida, pero con un brillo travieso en los ojos.
—Ni te imaginas —responde, y esa simple frase hace que el calor en mi interior aumente, un fuego que quiere consumirnos a ambos.
Me separo un poco, la miro directamente a los ojos y digo, con un dejo de travesura:
—¿Acaso eres de las que se porta mal?
Su respiración se acelera, su mirada se vuelve intensa y atrevida, y siento que el juego que hemos empezado se vuelve más ardiente, más peligroso, más adictivo. Mis labios vuelven a los suyos, besándola con hambre, dejando que cada roce, cada suspiro, cada temblor de su cuerpo se mezcle con el mío.
Mi mano se desliza desde su cintura hasta la curva de su cadera, clavando mis dedos con una posesividad que la hace jadear en mi boca. Ella responde arqueándose contra él, mis manos recorren su espalda escotada. El aroma fresco de su perfume se mezcla con mi calor.
Ella rompe el beso, jadeando, con los labios brillantes. Sus ojos oscuros se encuentran con los mios, y una sonrisa juguetona y atrevida acaricia mi boca. Sin decir palabra, dejo que la palma de su mano se deslice por mi pecho, sobre la tensa cresta de mi abdomen, y se posa, deliberadamente, sobre la firme erección que presionaba contra mis pantalones.
Un gemido bajo y cómplice vibra desde mi pecho. El sonido es un roce crudo del deseo que me atraviesa.
—¿Te gusta lo que tocas?—murmuro con voz ronca.
En lugar de responder, ella presiona más la palma hacia abajo, para sentit mi sólida y apremiante longitud. Estoy tan duro que parece acero envuelto en fina lana. Un escalofrío de calor se acumula en mi pelvis. Ella se muerde el labio inferior.
¡Dios! Ese gesto me empujA al borde... Es tan jodidamente sensual.
Vuelvo a capturar su boca, pero este beso es diferente: más hambriento, más profundo, todo lengua, dientes y aliento compartido. Su lengua se enreda con la mia, una danza reclamante que la deja mareada. Mientras devoro su boca, mi mano se desliza desde su cadera, bajo el dobladillo arrugado de su vestido, sube por la parte exterior de su muslo. El borde de encaje de su ropa interior es una barrera frágil. Las yemas de mis dedos la recorren, una promesa provocativa, antes de deslizarse por debajo.
La encuentro resbaladiza y lista.
Un sonido áspero se escapa de mis labios, mitad gruñido, mitad oración.
—Dios mío. Ya estás lista para mí.
Mis dedos no solo tocan, sino exploran de forma lenta y circular, lo que hace que sus caderas se sacudan sobre el asiento. Recorro sus pliegues, empapados de su excitación, con la yema de mi pulgar encontrando su centro hinchado y dolorido.
Ella grita. Ahogo el sonido con otro beso.
Las ventanas comienzan a empañarse.
El ritmo frenético, ese el vaivén de sus caderas contra mi mano, amenaza con hacerme estallar. Rozo mi erección contra su muslo. Siento su aliento caliente en mi cuello, sus jadeos son música para mis oídos.
Añado un dedo, deslizándome dentro de ella con una suavidad y humedad que la hace poner los ojos en blanco. Está tan mojada, tan dispuesta, y ese calor opresivo acoge mis dedos más profundamente.
—Gianluca —jadea ella, aferrándose a mi cuello.
—Lo sé, preciosa —susurró contra su garganta, perdiendo el control—. Estás a punto de correrte, ¿cierto? —muevo el dedo hacia adentro y hacia afuera, con el pulgar ejerciendo una presión implacable y circular sobre su clítoris. El placer crece en oleadas agudas y brillantes, tensando sus músculos. Ella lo persegue, su respiración se entrecorta, su universo entero se resume a la exquisita fricción de mi mano.
Ella gime de forma escandalosa.
—Sí —gruño pegando mi frente a la suya—. Correte para mí, muñeca.
Pero de repente, los neumáticos chirrian.
La camioneta se detiene de golpe, y nuestros cuerpos son lanzados hacia adelante
El silencio gélido y resonante que sigue es absoluto.
El único ruido es el frenético latido de mi corazón en mis oídos y mi respiración.
La pasión ha desaparecido, reemplazada por confusión.
Mi voz atraviesa el silencio.
—¿Pero qué coño está pasando?
—Estamos rodeados, señor —dice el conductor.
Miro alrededor. Diez autos nos rodean, perfectamente sincronizados, como si se tratara de un despliegue militar. La precisión es inquietante. Al principio pienso en enemigos del clan, en viejas cuentas pendientes, en una emboscada demasiado perfecta para ser casualidad. Pero entonces me detengo. Esto… esto es demasiado elaborado para mí solo. No tiene sentido.
Y mi mirada vuelve hacia ella. Sus ojos grises, grandes, brillan con miedo, pero también con algo más: una mezcla de sorpresa, confusión y un dejo de culpa. Siento un extraño tirón en el pecho, una adrenalina que no había anticipado.
—Estos hombres… —digo, bajando la voz, con mis sentidos en alerta—, no están aquí por mí, ¿verdad?
Ella me mira, con los labios ligeramente entreabiertos, la cabeza un poco baja, y niega con sutileza. Solo un gesto, leve, pero suficiente.
Una chispa de comprensión me atraviesa. Esto cambia todo. Estos hombres no vienen por mí, sino por ella, por la mujer que acabo de conocer, la que despiertó algo en mí que no quiero ni puedo controlar.
—¿Quién eres, preciosa? —pregunto.
—Soy... —titubea—. Soy Katerine Amelie Hiddleston, heredera al trono de Inglaterra.
—Puta madre —la garganta se me seca.







