004

〚GIANLUCA〛

Observo a mis hombres, cada uno en su lugar, listos para reaccionar ante cualquier eventualidad. Mis ojos recorren la pista de baile y luego todo el lugar, calculando movimientos, anticipando reacciones. Cada escolta, cada figura que podría interferir, está señalada en mi mente con una precisión quirúrgica.

—Tú, aquel hombre —le digo a uno, señalando discretamente al que está junto a la corneta—. Tú, el que está parado al lado de la pista. Y tú —señalo al del fondo, cerca de la barra—. Fuera de combate por unos treinta minutos, más o menos.

Y así voy designando a cada uno de mis hombres, que saquen de mi camino a todos y cada uno de los escoltas de Katerine.

Mis hombres captan la orden y me miran, esperando la señal de ejecución. En mi mundo, dar órdenes es instintivo; la eficacia es el idioma que todos hablamos. No hay espacio para dudas ni vacilaciones.

Alexei frunce el ceño, claramente desconcertado.

—¿Qué coño estás haciendo? —me pregunta.

Clavo la mirada de la pista. Señalo con un gesto hacia ella, la veo entre la multitud, parada allí, envuelta en la música, en la luz, y en algo que no puedo describir pero que me atrae de manera imposible.

—¿Ves aquella mujer que está allá? —le digo con voz firme—. Quiero sacarla de aquí.

Alexei me mira incrédulo, arqueando una ceja.

—¿En serio? ¿Todo este despliegue por una mujer?

—Me gusta, hermano —le respondo, y mi voz se endurece con convicción—. La quiero para mí.

—Procura no meternos en problemas —dice Alexei—. Mira que padre fue muy insistente al pedirnos que no llamaramos la atención aquí. Solo venimos a cerrar el acuerdo con los Ashcroft, asegurar la ruta y ya.

—Tranquilo.Todo está bajo control. Una noche de pasión no le hace daño a nadie —le digo, y se me hace un tanto raro que sea yo el que tenga que estar dando argumentos para tranquilizarlo, cuando siempre ha sido él, el problemático.

Me giro hacia uno de mis hombres:

—Quiero el auto en la puerta trasera ya.

Y entonces hago la señal que todos estaban esperando para ponerse en marcha.

Uno a uno, sus ojos se encuentran con los míos, y sé que me han entendido. Asienten, sin dudar. Se alejan con movimientos sincronizados, precisos, ejecutando mis órdenes como si fueran extensiones de mi propio cuerpo.

Alexei se acerca a mí y me da una palmada en la espalda, con esa mezcla de incredulidad y complicidad.

—Espero que este revolcón valga la pena —me dice, con una sonrisa ladeada, divertida.

Me río, con la seguridad fluyendo a través de mí como un río imparable.

—Yo haré que valga mucho la pena —le respondo, con esa confianza que solo un hombre acostumbrado a tener el control puede transmitir.

Y mientras mis hombres se dispersan para ejecutar sus misiones, me giro hacia la pista, y por un instante la busco con la mirada. Pero no está. Mi corazón da un pequeño brinco, mezclando alivio y expectación. Mis ojos se posan en la mesa donde antes estaba ella; solo veo a las dos amigas, risueñas, ajenas a todo, y no puedo evitar sonreír. Lo ha hecho bien. Ella ha seguido mis indicaciones. Siento un ligero orgullo, y algo más, algo que no esperaba: un cosquilleo de anticipación que recorre mi columna.

Miro el resto del club con la concentración de siempre. Mis hombres se han movido, silenciosos, precisos. Cada uno se ha colocado detrás de los hombres que yo había señalado, preparados para intervenir, para neutralizar cualquier obstáculo sin que se note. No hay disparos, no hay gritos. Nada. Solo tensión pura, suspendida en el aire como un hilo invisible que podría romperse con un mal movimiento. La sensación es casi palpable; puedo sentir cómo cada persona en el lugar sigue su ritmo, ajena a lo que ocurre detrás de ellos.

Observo y sonrío, ajustándome los puños del traje. Cada movimiento, cada posición, cada mirada de mis hombres cumple su función al milímetro. La eficiencia es perfecta, silenciosa e implacable.

Sin perder un segundo, empiezo a caminar hacia donde sé que me espera ella. Mis pasos son medidos, seguros, y mientras avanzo, mis ojos recorren la sala con la precisión de un cazador que sabe exactamente dónde se encuentra cada pieza.

Observo a mis hombres moviéndose como sombras detrás de los objetivos que he señalado. Uno tras otro, cada escolta de ella tiene una pistola discretamente apoyada en la espalda, mientras mis hombres susurran órdenes a sus oídos: “No se muevan. Quédense quietos.”

Ningún grito, ningún alboroto.

Todo está bajo control.

La tensión en el aire es densa, casi tangible, pero silenciosa, como un hilo que podría romperse con el más mínimo movimiento.

Sonrío ligeramente, un gesto que nadie ve, un reflejo de satisfacción personal: «Tengo el control, todo está a mi favor», pienso. 

Cada paso que doy refuerza la sensación de dominio absoluto, de que puedo manejar cualquier escenario que surja.

A medida que me acerco a la zona de los baños, mis sentidos se agudizan. Veo un escolta más, parado cerca de la entrada, atento, rígido. Por un instante mi mente duda: ¿se ha dado cuenta de algo? ¿Está solo? Pero antes de que pueda reaccionar, uno de mis hombres aparece a su lado, con el arma discretamente apuntada a su costado, con la precisión de quien ha hecho esto mil veces. El escolta permanece inmóvil.

Sigo avanzando, sin apresurarme, con la sonrisa tranquila de quien sabe que cada movimiento está calculado al milímetro. La organización, la disciplina, el protocolo… todo se combina para hacer que lo imposible parezca simple. Sin prisa, sin error, como si sacara a cualquier mujer de cualquier lugar, con facilidad absoluta.

Y mientras camino, una certeza se instala en mi mente: no sé quién es ella, no tengo idea del tamaño del problema en el que podría estar metiéndome, pero eso no importa ahora. Esta noche, todo se reduce a un solo objetivo: hacerla mía, porque... ¡Joder! Es la primera vez que una mujer me atrae de una forma tan irracional.

Llego a la puerta del baño, la empujo suavemente y ahí está.

Se sorprende al verme.

—Pero, ¿cómo...? —ella balbucea.

Me acerco a ella, con esa seguridad que viene de haber vivido toda mi vida dentro del caos controlado de los Bellandi. Su mano encuentra la mía, y la sujeto con firmeza, pero sin brusquedad.

—Es hora de irnos, cariño —le digo, y mi voz es baja.

Sin más, la guío, caminando juntos hacia la parte trasera del club. Sus pasos se mezclan con los míos, temblorosos al principio, pero acompasados, siguiendo la dirección que he marcado. Cada segundo es intenso, cada respiración compartida llena de electricidad.

Finalmente, llegamos a la salida trasera. Allí nos espera el auto, silencioso, preparado para desaparecer en la noche.

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