Narrador.
Eran las cuatro de la madrugada. Mientras el resto de la manada dormía plácidamente, Lilia no dejaba de moverse en el área de entrenamiento.
Su trenza blanca se agitaba cada vez que giraba sobre sus talones. Ejecutó tres cortes precisos con su daga contra un muñeco de paja que ya estaba perdiendo su forma.
—Izquierda, bloqueo, estocada —susurró para sí misma, jadeando por el esfuerzo—. Más rápido. Tengo que ser más rápida.
—Si sigues atacando con tanta fuerza el hombro derecho, te