—Te crees tan débil, ¿verdad? Oh, pobre y pequeña criatura asustada —susurró mi reflejo. Me miraba con una sonrisa macabra, una expresión que yo jamás me permitiría mostrar—. No tienes ni la más remota idea de lo que guardas en tu interior, y ese poder oculto es precisamente lo que te aterra más que la muerte misma.
Me quedé helada, sintiendo cómo el aire de la cabaña de Seth se congelaba. A pesar del pánico que me trepaba por la garganta, cerré los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavar