Entré a la biblioteca con la mente todavía en blanco por la confesión de Dante.
Allí estaban Seth, Alaric y el señor David reunidos alrededor de una mesa de roble macizo, que apenas se veía bajo una marea de libros abiertos.
—¡Eloise! Siéntate, por favor. Hay mucho por hablar.
Alaric fue todo un caballero y sacó una silla para que yo me sentara.
Le sonreí.
—Gracias. ¿De que me perdí? ¿Por qué tienen esas caras? —pregunté, un poco asustada.
—David dice que es complicado —respondió Seth.
—¿