Campamento de los Tarkuts
En su tienda, Furr dormía plácidamente como llevaba tantos años sin hacer. A su lado, Mel lo miraba con embelesamiento. Así fue hasta que empezó a sacudirlo. Frunciendo el ceño, el Tarkut abrió su único ojo a la claridad del alba que se colaba por las orillas del techo.
—¡Furr, amor mío, se me ha ocurrido una idea asombrosa!
—Más te vale que sea buena... —balbuceó él, restregándose su ojo.
Mel se le subió encima a horcajadas, para tener toda su atención.
—Tú todavía t