Las sospechas de Desz habían resultado ser ciertas. Ratszendach no sólo ya había estado en la zona a la que llegaron, tenía incluso una casona preparada para ellos. Era mucho más grande que la anterior y supuso lo que aquello significaría.
—Furr, muchacho. Llévame al mercado. Conseguiré unas siervas que me hagan rejuvenecer con sus suaves manos —ordenó Ratszendach subiendo a la carreta.
Furr miró a Desz.
—No gruñas —le dijo éste, palmeándole el hombro.
Sin muchas ganas, y menos aún oportunid