Lo sentía en su habitación y también en la sala, lo sentía en toda la casa. El aroma de Ah-um impregnado en las paredes, en los muebles, se mezclaba con el aire al menor movimiento, agitando sus recuerdos, su corazón. Reclinado en el sillón, Desz cerró los ojos, buscando percibir sólo el aroma de los leños carbonizándose en la chimenea.
—¿Por qué no vas a buscarlo si lo extrañas tanto? —preguntó el aldeano.
El ceño de Desz se marcó con una leve arruga. La presencia del aldeano había comenzado a