El curandero que Ratszendach había hecho traer ya había pasado gran parte de la mañana en la casa y todo para nada, lamentaba el aldeano, su nariz se quedaría torcida para siempre.
—Respirarás mejor en cuanto se deshinche.
—¿Y hablnaré como unn labio pahnrtido por el nnesto ne mi vida? —hizo una mueca de asco al terminar.
—Yo que tú me alegraría de no ahogarme mientras duermo. Los jóvenes de hoy no se contentan con nada —el curandero guardó sus implementos en un morral y salió seguido por Ah