Desz cabalgaba por las llanuras con el corazón en llamas. La preocupación que lo embargaba hasta la fiebre le había quitado. Su vista se nublaba a ratos y apretaba las riendas con fuerza. Erró en el camino un par de veces, sus oídos lo engañaban. No deseaba oír a las criaturas rastreras ni a los árboles mecidos por el viento, no deseaba oler la bruma que le mojaba las ropas, pero había perdido el control de sus sentidos.
"El perro ha ido a dar un paseo a la aldea", le había dicho Ratszendach, co