Sentado en el bosque, Alen se miraba la mano. Sobre su palma vacía sentía la suave palma de su amada. Suspiró con cansancio hacia la luna.
En su hombro, la cabeza de la Kraia se apoyó. Sus cabellos le hicieron cosquillas en el cuello, pero no pudo reír.
Ella rompió el silencio, hablándole del bosque que protegía y que era su refugio también. Allí vivía sola. Era la única que quedaba de su clan por esas zonas, quizás la única en el mundo. Había sobrevivido a una masacre y el pesar de su soledad