18. El retorno de la discordia
El motor del auto se apagó, pero el silencio que quedó dentro fue más pesado que el ruido del tráfico. Giselle abrió la puerta, tambaleándose ligeramente. Marcel, con los nervios a flor de piel, la tomó del brazo con firmeza.
—Camina —ordenó él.
Al cruzar el umbral del vestíbulo, la estampa de Antonia sentada en el sofá principal, copa en mano y maletas listas, los detuvo en seco.
—Pensé que habías entendido el mensaje, Antonia —dijo Marcel, soltando el brazo de Giselle y dando un paso al frent