31. El limite de la cordura
La puerta de la oficina se abrió con un estruendo que hizo vibrar los cristales. Víctor Roch entró, con el rostro inyectado en sangre y la mirada fija en el trío que ocupaba el centro de la estancia.
—¿"Lo que es real"? —repitió Víctor, su voz era un siseo peligroso—. ¿A qué te refieres exactamente, Marcel?
Antonia se encogió, pero Víctor fue más rápido. La alcanzó en dos zancadas y la sujetó del brazo con una fuerza brutal. Ella soltó un grito de dolor, forcejeando.
—¡Suéltame, maldito viejo!