19. El ultimátum
El sol apenas se filtraba por las cortinas de seda de la habitación, pero Giselle ya estaba vestida, impecable, con los papeles sobre la mesa de desayuno. Marcel entró, ajustándose los gemelos de su camisa, con la prisa propia de un hombre que cree que el mundo gira a su antojo.
—Desayuna rápido, Giselle. El coche nos espera en veinte minutos —dijo Marcel, sin mirar los documentos.
Giselle no se movió. Se mantuvo firme, con la mano apoyada sobre la carpeta.
—No iremos a ninguna parte hasta que