Giselle cerró la laptop con un chasquido seco y se dejó caer sobre el espaldar de la silla, agotada. Finalmente, sentía que había llegado el momento de disfrutar de sus esfuerzos, o al menos, de reclamar su vida.Tomó la carpeta de cuero negro y se dirigió a la oficina del CEO. Sabía que Marcel aún debía estar allí.Al llegar, notó que la puerta estaba mal cerrada. Antonia estaba sentada sobre él, susurrándole al oído. Ambos se sobresaltaron, pero al notar que era ella, la expresión de Marcel pasó del deleite al más absoluto fastidio.—Disculpen la interrupción —dijo Giselle, manteniendo la voz firme—, necesito entregarle unos documentos y que hablemos sobre ello ahora mismo.Marcel suspiró y, con un cuidado que nunca tuvo con Giselle, apartó a Antonia de sus piernas, tratándola con una adoración casi religiosa.—Siempre tan inoportuna, Giselle —escupió Marcel, ajustándose el saco—. ¿Acaso no ves que estoy ocupado? Seguro que tus "urgencias" pueden esperar. Déjalo en el escritorio y
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