Al cruzar el umbral hacia la habitación, se topó de frente con Marcel, quien acababa de abrocharse el cinturón del pantalón. El silencio entre ambos era denso, pesado, cargado de una incomodidad tan asfixiante que ninguno se atrevía a sostenerle la mirada al otro.
Justo cuando Giselle tomaba su bolso de la mesa de noche para salir de ese cuarto, el eco de unos pasos firmes en el pasillo exterior los hizo congelarse.
—Vaya, vaya. Veo que el negocio familiar finalmente está rindiendo los frutos