Mundo ficciónIniciar sesiónCassiel quería prolongar nuestro tiempo juntos bajo el calor de aquella intimidad que todavía me dejaba confundida y vulnerable, pero quienquiera que llamó a la puerta claramente traía información que él había estado esperando, porque apenas percibió que la presencia del otro lado pertenecía a una de las brujas que había contratado para crear aquella neblina maldita que nos permitió estar juntos unos momentos mientras aun estaba en el mundo original, su expresión cambió por completo.
La calidez desapareció de sus ojos.
Y en su lugar regresó aquella tensión oscura que parecía perseguirlo todo él tiempo.
Me explicó entonces, aunque sin entrar realmente en detalles, que necesitaba retirarse un momento para asegurarse de que nada ni nadie volviera a separarnos.
No comprendí del todo lo que quería decir.
Y sinceramente tampoco estaba segura de querer entenderlo.
Porque cada vez que Cassiel hablaba de protegerme, comenzaba a descubrir cosas sobre él que me hacían sentir un extraño vacío en el pecho.
Tan pronto estuvo listo para salir de nuestra recámara mandó llamar a una nueva omega para que me ayudara a vestir. Me negué en el acto.
—Ella no es Cinthia. Quiero que venga Cinthia.
Cassiel me miró sin molestarse en ocultar el evidente disgusto que le provocó escuchar aquel nombre y, en lugar de responderme, simplemente le indicó a la joven que se encargara de ayudarme a vestirme.
La omega asintió de inmediato sin atreverse a decir una sola palabra, aunque no necesitaba hacerlo para que yo entendiera que Cassiel seguramente ya le estaba dando más órdenes a través de aquel vínculo mental que compartía con todos los miembros de su manada.
Bufé con fastidio.
Pero fue entonces cuando mis ojos descendieron hacia el vestido negro de la omega asignada como mi nueva dama de compañía y una sensación desagradable se instaló de inmediato en mi pecho.
No porque fuera feo.
Sino porque entendí al instante lo que realmente significaba.
Orion no había mentido, Cassiel realmente había ordenado que todas las mujeres vistieran de luto tras mi supuesta muerte, como si Etheria completa hubiera quedado atrapada en el mismo día en que desaparecí.
Mi pecho se tensó mientras observaba a la joven inclinar la cabeza frente a mí. Tenía el cabello oscuro recogido con demasiada rigidez y las manos le temblaban ligeramente mientras acomodaba algunos vestidos sobre la cama, evitando levantar demasiado la vista o hablar más de lo necesario, como si viviera aterrorizada de cometer el más mínimo error dentro de un castillo donde incluso el aire parecía haberse vuelto pesado.
—El alfa Cassiel me ordenó permanecer a su lado en todo momento, luna —susurró con respeto—. Es un honor servirle.
Luna.
La palabra me provocó un nudo extraño en el estómago porque antes Cinthia solía decirla sonriendo, con aquella calidez torpe que siempre lograba hacerme sentir acompañada incluso en los peores días, y escucharla ahora de labios ajenos solo conseguía recordarme todo lo que mi querida amiga había perdido mientras yo estaba ausente.
O mejor dicho lo que Cassiel les había arrebatado a ella y a Roy.
Aparté la mirada sintiendo un vacío incómodo crecer lentamente dentro de mí.
—No necesito que me sirvas.
La omega dudó de inmediato.
—Pero…
—Puedes retirarte.
Ella tragó saliva con nerviosismo.
—El alfa fue muy claro. No debo dejarla sola.
Sentí a Ciri removerse en mi interior, inquieta, incómoda, como si incluso ella odiara aquella sensación de encierro que parecía extenderse por cada rincón del castillo.
Entonces pensé en Fenrik.
En lo extraño que resultaba que Ciri hubiera comenzado a evitarlo desde mi regreso, alejándose cada vez que Cassiel y yo estábamos juntos como si incluso nuestras criaturas sintieran que algo dentro de nosotros se había roto durante mi ausencia, porque ni una sola vez había vuelto a sentir aquella conexión salvaje entre ambos que antes parecía inevitable.
Cerré los ojos apenas un segundo.
“¿Por qué no has permitió a Fenrik compartir tu calor?” pregunté mentalmente.
Pero no hubo respuesta.
Solo silencio.
Abrí los ojos lentamente y volví a mirar a la omega.
—Sal de aquí.
Ella palideció.
—Luna…
—Y dile de inmediato a tu alfa que si no me trae a Cinthia no estoy de humor para nadie más.
La joven se quedó completamente inmóvil antes de inclinar la cabeza apresuradamente.
—Sí… sí, luna.
En cuanto salió de la habitación me levanté de inmediato.
Cassiel prácticamente había convertido el castillo entero en una prisión.
Había más de seis gammas patrullando el pasillo y todos mantenían aquella tensión silenciosa que antes no existía en Umbra Noctis, porque incluso el castillo parecía haber olvidado cómo respirar con normalidad desde mi desaparición.
Antes aquel lugar era salvaje, caótico y vivo.
Ahora se sentía muerto.
Como si algo dentro de aquellas paredes se hubiera podrido lentamente mientras yo no estaba.
Y una parte de mí sabía perfectamente por qué.
Mi pecho dolió al comprender que Cassiel realmente había sufrido, no de una manera romántica ni hermosa, sino de una forma enfermiza y devastadora que había terminado consumiéndolo todo a su alrededor hasta convertir Etheria en una sombra de lo que alguna vez fue.
Pero otra parte de mí seguía sin poder dejar de ver la obsesión detrás de todo aquello.
Miré alrededor rápidamente hasta encontrar las cortinas de terciopelo oscuro que colgaban junto a la cama.
Perfecto.
Las arranqué sin demasiada delicadeza antes de tomar también las sábanas y otra tela más, mientras mis manos trabajaban rápido anudándolo todo con fuerza aunque en el fondo sabía que aquello era una estupidez.
—Esto es una pésima idea, sobre todo porque estoy embarazada —murmuré para mi misma.
Aun así lancé la improvisada soga por la ventana.
El viento golpeó mi rostro de inmediato y al mirar hacia abajo entendí que la distancia era suficiente para matarme si algo se rompía.
Tomé aire.
Esto era por Cinthia.
Tenía que encontrarla.
Luego empecé a bajar.
Mis manos ardieron casi de inmediato por la fricción de las telas, pero seguí descendiendo mientras el corazón me golpeaba las costillas con fuerza y mi mente intentaba no pensar demasiado en lo que estaba haciendo.
Porque si me detenía a pensar, probablemente terminaría regresando.
Y Cinthia seguía encerrada en alguna parte.
Cuando mis pies tocaron finalmente el suelo, solté el aire con dificultad mientras observaba rápidamente alrededor.
Nadie me había visto.
O al menos eso esperaba.
Me moví rápido entre los pasillos secundarios del castillo, aprovechando cada sombra y cada columna para evitar a los guardias mientras aquella sensación incómoda volvía a crecer dentro de mí al notar que incluso los sirvientes caminaban en silencio, con la cabeza baja, como si todos temieran perturbar algo.
Como si Etheria continuara de duelo.
Descendí finalmente hacia los calabozos.
El olor a humedad me golpeó de inmediato mientras avanzaba entre las celdas sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a apretarme el pecho.
—¿Cinthia? —susurré.
Nadie respondió.
Seguí caminando.
—¡Cinthia!
Por un instante mi corazón se aceleró creyendo que finalmente escucharía su voz.
Pero entonces alguien habló desde una de las celdas.
—…¿Lila?
Mi cuerpo se congeló.
Sebastián, por los Dioses era el.
Sus ojos se abrieron lentamente mientras me observaba acercarme a los barrotes.
—No… —murmuró con incredulidad—. No puede ser tú. Entonces ese maldito realmente te encontró y te trajo de vuelta.
Yo tampoco podía creer que siguiera vivo.
—Sebastian… ¿por qué no has envejecido?
Él soltó una risa amarga.
—Cassiel no me permitió morir.
Sentí un escalofrío recorrerme lentamente la espalda.
—¿Qué quieres decir?
Sus ojos volvieron a clavarse en mí y en ellos pude ver algo que reconocí demasiado bien.
La sombra de la maldición que alguna vez tanto temí.
El silencio cayó entre nosotros mientras mi corazón comenzaba a latir cada vez más rápido.
—Eso es imposible…
—Lo hizo para torturarme por siempre.
Mi respiración se quebró.
Sebastián apoyó lentamente la cabeza contra los barrotes, pero, sus ojos descendieron lentamente hacia mi vientre abultado y por primera vez vi algo que jamás hubiera creido posible.
Arrepentimiento.







