Mundo de ficçãoIniciar sessãoDurante los primeros años después de que Cassiel me convirtió en inmortal todavía intenté conservar algo de cordura, todavía creí que si lograba recordar el rostro de mis súbditos, las guerras que pele por ellos o la forma en que el sol golpeaba los acantilados de Boca del Río antes de que nuestras vidas se consumieran en sangre, quizá una parte de mí conseguiría seguir siendo humana, pero Cassiel fue destruyendo uno a uno todos aquellos recuerdos, no con palabras ni con amenazas, sino con una paciencia tan cruel que con el tiempo terminó resultando mucho más aterradora que cualquier castigo inmediato, porque hubo noches en las que me dejó semanas enteras sin una sola gota de sangre para alimentarme mientras mi inmortalidad me obligaba a sentir cómo el hambre me consumía desde dentro, hubo días en los que permitió que sus lobos me despedazaran solo para observar cuánto tardaba mi cuerpo en reconstruirse, y hubo ocasiones en las que me dejó encadenado bajo la nieve o sumergido en lagos helados hasta que incluso mi propia mente comenzó a preguntarse si realmente seguía existiendo.
Y aun así, aun después de cincuenta años yo seguía siendo el único que conocía la verdad.
Lila no murió por caer del acantilado y esa certeza, lejos de darme esperanza, terminó convirtiéndose en la prisión más cruel de todas, porque cada día despertaba sabiendo que el único ser capaz de cruzar mundos para traerla de vuelta jamás escucharía esa verdad, no porque yo no quisiera confesarla, sino porque el mismo monstruo que necesitaba escuchar aquellas palabras había sido quien se aseguró de que nunca pudiera pronunciarlas.
Aquella noche, sin embargo, supe que algo era diferente incluso antes de escuchar sus pasos descendiendo hasta mi celda, porque durante medio siglo había aprendido a reconocer la forma exacta en que Cassiel caminaba cuando venía a torturarme y la calma aterradora de sus movimientos cuando simplemente deseaba recordarme que mi eternidad le pertenecía, pero esa vez no sentí a un alfa, ni siquiera al compañero roto por la pérdida de su luna, sino a algo mucho más oscuro, algo tan consumido por su propia obsesión que incluso mi inmortalidad reaccionó con un escalofrío que recorrió cada hueso de mi cuerpo.
Cuando levanté la mirada y lo vi aparecer frente a mí, comprendí que no me había equivocado, porque, aunque sus ojos seguían siendo los mismos, aunque su cuerpo seguía proyectando el poder brutal del Alfa de Umbra Noctis, había algo en su mirada que ya no pertenecía a este mundo, algo que no reconocía límites, castigos ni dioses.
Entonces sonrió.
—Cincuenta años —murmuró mientras avanzaba hacia mí con una calma que hizo que las cadenas alrededor de mis muñecas se tensaran por puro instinto—, y aun así sigues mirándome como si una parte de ti todavía esperara misericordia.
Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del hierro oxidado mientras sostenía su mirada, porque, aunque mi cuerpo estuviera roto y aunque mi voz me hubiera sido arrebatada hacía décadas, todavía me negaba a bajar la cabeza ante él.
Cassiel soltó una pequeña risa antes de apartarse, y fue entonces cuando vi la figura que avanzaba detrás de él.
Mi pecho dejó de moverse durante un segundo entero.
No.
No podía ser.
Darien seguía vivo.
Durante décadas creí que estaba muerto, creí que había caído aquella noche en Boca del Río, creí que la muerte nos había arrancado mutuamente de este mundo, pero bastó una sola mirada para reconocerlo, porque, aunque su cabello, alguna vez oscuro, ahora estuviera cubierto de canas y aunque el peso de los años hubiera cambiado la firmeza de sus pasos, seguía viendo al hombre que una vez me cargó sobre sus hombros después de una batalla mientras me juraba que ninguno de los dos moriría solo.
Cuando sus ojos encontraron los míos, vi exactamente el mismo terror que yo tenía reflejado en ellos.
—¿Lo recuerdas? —preguntó Cassiel mientras comenzaba a caminar a nuestro alrededor como un depredador disfrutando de una cacería—. O dime, Sebastián… ¿el tiempo ya te hizo olvidar al hombre que alguna vez llamaste hermano?
Intenté moverme.
Intenté advertirle.
Intenté gritarle que corriera.
Pero el silencio volvió a recordarme la realidad de mi existencia.
Entonces el olor de la sangre golpeó mis sentidos.
Y con él…
el hambre.
No.
Aquello era mucho peor que hambre.
Era una necesidad tan brutal y tan absoluta que sentí cómo mi cuerpo comenzaba a temblar incluso antes de entender qué estaba ocurriendo.
—Hoy tu sed será saciada —continuó Cassiel con una calma que hizo que mi respiración se volviera irregular—, y te permitiré recuperar parte de lo que te arrebaté.
No entendí sus palabras hasta que la vi aparecer.
Aquella bruja avanzó hasta el centro del calabozo y en cuanto sus labios comenzaron a pronunciar palabras en una lengua que jamás había escuchado, sentí cómo algo comenzaba a abrirse paso bajo mi piel, no como un sonido ni como una orden, sino como cientos de uñas invisibles atravesando mis huesos hasta encontrar la última parte de mí que todavía recordaba lo que significaba ser humano.
Darien me miró.
Y durante un segundo…
creo que lo entendió todo.
—Sebastián… por favor…
Aquellas palabras me atravesaron con más fuerza que cualquier cadena.
Intenté resistirme, intenté aferrarme a la culpa, a los recuerdos, a Lila, a todo aquello que pudiera recordarme quién era realmente, pero cada palabra pronunciada por la bruja me alejaba más de mí mismo, hasta que llegó el instante en que mi cuerpo dejó de pertenecerme por completo.
Lo siguiente que recuerdo fue el sabor de la sangre mezclándose con mis propios gruñidos, el sonido de las súplicas de Darien quebrándose una y otra vez mientras mis colmillos atravesaban su carne.
Cuando desperté, estaba arrodillado sobre un suelo cubierto de sangre, mi respiración era inestable y mi cuerpo se contraía en agonía.
Lentamente llevé los dedos hasta mi garganta.
—¿Qué me hiciste esta vez?
Las palabras apenas abandonaron mis labios cuando el sonido de unos aplausos lentos resonó detrás de mí.
Cassiel.
Me giré y, por primera vez en décadas, fui capaz de mirarlo no como a mi verdugo, sino como a un lobo que finalmente había cruzado un punto del que ya no existía regreso.
Sus ojos brillaban con un odio tan profunda que rayaba en la locura.
—Nada que no puedas devolverme una vez que terminemos de hablar porque, tú y yo vamos a tener una conversación sobre lo que realmente pasó en Boca del Río hace cincuenta años.







