Capítulo 37 POV Lila

No dije nada mientras salíamos de la cueva y nos dirigíamos a la residencia.

No hacía falta.

Podía sentirlo.

Toda la manada estaba inquieta y aunque nadie me lo decía directamente, todos sabían lo mismo que yo.

El dragón había venido por mí, de seguro era el mismo que me persigo en mi forma de dragón.

Mi mano se movió sola, instintiva mientras las yemas de mis dedos rozaron mi vientre de forma tan sutil que nadie pareció notarlo, aunque la realidad era otra, Samuel sí lo había visto.

Lo supe porque, al girar apenas el rostro, encontré sus ojos sobre mí.

—Luna Lila, usted esta?

Su voz fue baja.

Tan baja que únicamente yo pude escucharla.

—Lo siento, debí darme cuenta, pero es que aún no se escucha ningún corazón, solo que su mano revelo…

Tragué saliva.

—No es tu culpa que este lejos de Cassiel es mi culpa por haber intervenido y no esperar a que mi compañero se encargara de hacer pagar a quien me hirió.

Samuel apretó la mandíbula.

—Samuel.

La voz de Darius lo obligó a levantar la mirada.

El alfa se había detenido justo antes de cruzar las enormes puertas que daban al exterior de la residencia de la manada.

—No compliques esto, entiendo que es la Luna de tu manada, pero al no estar su compañero y ser mortal no podemos ayudarla.

Samuel dio un paso al frente.

—¿Complicarlo?

Su voz se endureció.

—No pueden simplemente entregarla a los dragones.

Damon soltó una exhalación pesada.

—No tenemos elección.

—Siempre hay una elección —gruñó Samuel.

—No cuando la sangre de una casa real está involucrada y nuestro príncipe no se encuentra presente.

El silencio cayó con fuerza.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

Sangre real, todavía me costaba aceptar aquellas palabras, porque, aunque crecí como una mujer noble y había sido la prometida de un rey jamás me vi a mi misma como de la realeza.

—Lila, tanto Darius como yo, necesitamos que entiendas algo. — dijo Damon mientras mi mirada lo atravesaba.

—No quiero entenderlo solo quiero volver con mi compañero, Cassiel. El Alfa de Umbra Noctis.

Damon me sostuvo la mi mirada.

—Lo sabemos.

Apreté la mandíbula.

—Entonces no me entreguen.

El silencio que siguió fue tan pesado que Damon cerró los ojos durante unos segundos antes de volver a abrirlos.

—Si fueras loba o hibrida, — sus palabras murieron unos segundos. —o si tan siquiera fueras vampira… incluso una bruja vinculada por sangre a nuestra especie… podríamos inventar algo que te permitiera quedarte hasta que pudiéramos regresarte a Etheria.

Sentí mis dedos hundirse suavemente sobre mi vientre.

—Pero no lo soy.

Ninguno respondió.

Y ese silencio dolió más que cualquier respuesta.

Darius habló finalmente.

—Eres humana con sangre dracónica.

Mi pecho subió y bajó con dificultad.

—Y eso… nos guste o no… está por encima de nuestras leyes incluso el propio Samuel lo sabe.

Samuel dio un paso al frente.

—Pueden tan siquiera informar a Cassiel Raventhorn antes de entregarla.

La mandíbula de Damon se tensó.

—Samuel, nuestro príncipe no esta y no tenemos como comunicarnos entre mundos. De hecho, no sé cómo los dos cruzaron el velo.

—Van a hacerlo —lo interrumpió—. Porque estoy segura de que si Cassiel descubre que su luna desapareció y nadie hizo nada, no habrá muro, ni dimensión, ni manada que pueda detener lo que vendrá después.

El silencio fue absoluto mientras las puertas de la residencia se abrieron.

Y allí, en medio del patio, esperando se encontraba un hombre con ojos de color escarlata.

Era demasiado alto, su cabello oscuro, casi negro, cayendo sobre sus hombros.

Vestía un traje que para mi gusto era demasiado futurista. Su sola presencia hacía que incluso los lobos a nuestro alrededor mantuvieran distancia.

Sentí algo extraño recorrerme la espalda era como si el dragón que vivía en el quisiera comunicarse con mi dragona y Ciri simplemente lo ignoraba porque su atención de hembra pertenecía solo a Fenrik.

Aquello hizo que algo cambiara, la expresión del hombre, aunque en el exterior permaneció intacta supe que en interior le había ofendido el desprecio de mi dragona al preferir a un lobo sobre su dragón.

Dio un paso al frente dando una ligera reverencia.

—Así que es usted un placer.

Su voz era profunda, peligrosamente calmada.

Darius avanzó.

—Aquí está.

El hombre ni siquiera lo miró.

Seguía observándome.

Como si intentara resolver un acertijo.

Finalmente habló.

—Mi nombre es Kaeldris Drakarys.

Sus ojos recorrieron mi rostro, luego mis hombros.

Luego descendieron hasta mi vientre.

Y aunque fue apenas un segundo…

Lo vi.

Esa mínima reacción.

Esa tensión casi imperceptible.

Después volvió a mirarme.

—Guerrero y Guardia personal de su Majestad Razar Valdrac

Tragué saliva, pero dije sin temor.

—Yo, no lo conozco.

Algo parecido a una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—El tampoco pequeña, princesa aun así la ha reconocido como parte de su linaje. Solo la familia real puede transformarse en dragones negros.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—No me llames así yo no soy una princesa.

Kaeldris inclinó apenas la cabeza.

—No estoy aquí para cuestionar quién eres.

Sus ojos se endurecieron.

—Solo sigo el rastro de su sangre.

Samuel dio un paso al frente.

—Ella está marcada por el Alfa de Umbra Noctis. Es una Luna.

La expresión de Kaeldris no cambió, se notaba su arrogancia como dragón al no dignarse siquiera a mirar a Samuel.

—Eso es irrelevante.

Samuel frunció el ceño.

—Está embarazada solo mira como protege su vientre.

La expresión de Kaeldris no cambió.

Sus ojos regresaron a mí y algo oscuro, casi posesivo, brilló en ellos antes de desaparecer.

—Eso, no altera mis órdenes.

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

Kaeldris extendió una mano hacia mí.

—Es hora de partir. Seria lamentable que la paz que se a mantenido entre nuestras especies se termine solo porque los Alfas de Lunarcrest se niega a entregar a un miembro de la familia real draconica.

Su voz bajó apenas.

—Entonces vendrá conmigo. ¿No es así?

No quería moverme.

No quería.

Pero algo dentro de mí reaccionó ante su voz.

Di un paso, luego otro, hasta quedar frente a él.

Kaeldris bajó apenas el rostro, pero lo sentí tan cerca que pude escuchar su respiración.

—Lila Whitmore es mi nombre.

Sus ojos brillaron al escucharme, como si aquellas palabras confirmaran algo que llevaba demasiado tiempo esperando oír.

Entonces, con una suavidad que no esperaba de alguien como él, colocó una mano en la parte baja de mi espalda.

—La llevare junto a su majestad, princesa.

Quise preguntarle qué significaba aquello, incluso exigirle que me soltara.

Pero no tuve tiempo.

El mundo bajo mis pies desapareció.

Un jadeo escapó de mis labios cuando una ráfaga helada me envolvió por completo, arrancándome cualquier intento de protesta, y durante un segundo que se sintió eterno, mi cuerpo dejó de sentir peso, como si la realidad misma se hubiera partido en dos para tragarnos.

Cerré los ojos por puro instinto.

Y cuando volví a abrirlos ya no estaba en el patio de Lunarcrest.

Estaba en un lugar tan futurista como elegante, sin poder dejar de preguntarme internamente.

¿Samuel lograría que los Alfas de Lunarcrest encontraran la forma de informar a Cassiel Raventhorn lo que había sucedido?

¿Lo harían…?

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