Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana empezó demasiado tranquila para la mentira que había acordado con Ciri.
Cassiel estaba sentado frente a mí, con el cabello todavía un poco húmedo y esa expresión severa que intentaba suavizar cada vez que me miraba. Sobre la mesa había pan caliente, fruta, miel, queso y una jarra de agua fresca que Cinthia había dejado antes de retirarse con la discreción de quien sabía cuándo una pareja necesitaba fingir que el mundo no estaba a punto de romperse.
Yo sonreí como si no llevara toda la noche despierta.
—Creo que Ciri y yo estamos empezando a llevarnos mejor —dije, untando miel sobre un trozo de pan con una calma que no sentía—. Esta mañana fue menos insoportable conmigo.
Cassiel levantó la mirada.
—¿Eso dijo ella o lo dices tú?
—Lo digo yo, pero ella no me insultó, así que voy a tomarlo como un avance.
Una sombra de diversión cruzó sus ojos.
—Me alegra escucharlo.
—También pensé que sería bueno ir a campo abierto hoy —continué, mordiéndome apenas la parte interna de la mejilla para no delatarme—. Quiero practicar mi transformación en dragona lejos de todos. Sin curiosos, sin presión, sin que media manada me mire como si esperara que incendiara algo por accidente.
Cassiel dejó la copa sobre la mesa.
—Es una buena idea. Necesitas espacio para entender el proceso y Ciri necesita confiar en que no vas a resistirte cada vez que quiera salir.
—Lo sé.
—Y me gusta verte tener mayor confianza en ti misma.
Sus palabras me tocaron más de lo que esperaba, quizá porque la mentira que estaba construyendo se apoyaba precisamente en lo mucho que él confiaba en mí. Cassiel podía ser duro, controlador, incluso insoportable cuando el miedo le mordía los talones, pero conmigo siempre había algo más. Una paciencia torpe, una devoción silenciosa, una forma de cuidarme que a veces me asfixiaba y otras veces me sostenía.
—Yo también voy a salir hoy —dijo de pronto.
Mi mano se detuvo apenas un segundo sobre el pan.
—¿A dónde?
—Fuera de la manada. Un asunto breve.
—¿Peligroso?
—No tienes que preocuparte.
Lo miré.
Eso significaba sí.
—¿Regresas hoy?
Cassiel bajó la mirada hacia su plato, pero solo un instante.
—Probablemente mañana.
Ahí estaba la mentira que el también había planeado para mí.
Tan pulida.
Desde luego yo sabía la verdad porque lo había escuchado cuando hablaba con Roy.
Cassiel pensaba ir a Boca del Río.
Pensaba enfrentar a Sebastián sin decírmelo.
Y yo, sentada frente a él, sonreí como si no hubiera pasado parte de la mañana entendiendo que los hombres, incluso los que aman con todo lo que tienen, a veces creen que proteger a una mujer significa mentirle.
—Entonces espero que regreses rápido —dije.
Sus ojos volvieron a mí.
—Lo haré.
No le creí.
Pero tampoco lo confronté.
Todavía no.
El desayuno continuó con esa clase de calma extraña que se siente más frágil que el vidrio. Hablamos de cosas pequeñas, de Ciri, de Roy, de una discusión ridícula entre dos guerreros por una silla rota en el comedor común. Cassiel incluso sonrió un par de veces, y durante algunos minutos casi pude olvidar que ambos estábamos sentados sobre nuestras propias mentiras.
Cuando se levantó para marcharse, yo hice lo mismo, pero antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta, su voz me detuvo.
—Lila.
Me giré.
—¿Sí?
—Quiero que Cinthia vaya contigo.
—Cassiel…
—No es negociable.
Suspiré, aunque por dentro algo se me ablandó.
—Voy a campo abierto, no al fin del mundo.
—Precisamente porque estarás lejos, quiero que alguien pueda volver por ayuda si ocurre algo. Cinthia puede transformarse en loba y regresar más rápido que cualquiera de los gammas.
Lo miré un momento, y toda la molestia que había preparado para defender mi independencia se me deshizo entre las manos. Él no hablaba desde la desconfianza. Hablaba desde el miedo. Desde esa necesidad imposible de asegurarse de que nada me alcanzara.
Me acerqué a él y le puse una mano en su pecho.
—Me haces muy feliz cuando te preocupas así por mí.
Su expresión cambió.
—No lo hago para hacerte feliz, me interesa protegerte.
—Lo sé. Por eso me hace feliz.
Cassiel no respondió, así que me puse de puntillas y lo besé con suavidad. No fue un beso urgente ni desesperado. Fue uno de esos besos que prometen cosas sin decirlas, uno que me dolió porque sabía que, en unas horas, ambos estaríamos rompiendo las reglas del otro.
Después tomé su mano.
Él frunció apenas el ceño cuando la llevé hasta mi vientre.
—Mi amor… —susurré.
Cassiel se quedó completamente inmóvil.
Sentí cómo su respiración cambiaba.
Sus ojos bajaron hacia el lugar donde su palma descansaba sobre mí, y por un instante vi algo que me partió por dentro. No fue incredulidad solamente. Fue tristeza, una como si no quisiera permitirse esperar nada porque la esperanza podía ser más cruel que cualquier pérdida.
—Lila —dijo con voz baja—. Sabes que eso es prácticamente imposible.
—Lo sé.
—Los dos sabemos lo imposible que sería. Te lo explique.
Me acerqué a su oído, abrazándome a él como si pudiera sostener el temblor de su alma con mi cuerpo.
—Ciri me lo dijo tambien esta mañana. Está segura de que estoy embarazada.
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