La mañana empezó demasiado tranquila para la mentira que había acordado con Ciri.
Cassiel estaba sentado frente a mí, con el cabello todavía un poco húmedo y esa expresión severa que intentaba suavizar cada vez que me miraba. Sobre la mesa había pan caliente, fruta, miel, queso y una jarra de agua fresca que Cinthia había dejado antes de retirarse con la discreción de quien sabía cuándo una pareja necesitaba fingir que el mundo no estaba a punto de romperse.
Yo sonreí como si no llevara toda la