Me despierto con una resaca que me arrastra de la cafetera al sofá, donde me desplomo con un suspiro perezoso junto a Bobby. El gato me lanza una mirada de desaprobación, como si me culpara por el ruido que hice anoche al tropezarme con todos los muebles, y se acurruca en el cojín a mi lado, ignorándome.
Enciendo la tele, más por costumbre que por interés, y el murmullo de las noticias matinales llena el piso. No presto demasiada atención hasta que un titular me hace levantar la vista. Las palabras “malversación de fondos, prostitución y posesión de armas” parpadean en la parte inferior de la pantalla, y el nombre me resulta vagamente familiar, así como la cara del político al que escolta la policía. Lo he visto en reuniones con Dominic.
Estoy a punto de subir el volumen cuando llaman al timbre. Y, oh, ¡sorpresa! Dominic está en el pasillo. Está impecable, como siempre, aún con un chándal de dos piezas gris que le queda ridículamente bien.
—¿Qué has hecho? —suelto, sin pensarlo. Seña