31

Anoche, después de cenar y acurrucarme en él mientras veíamos una película pregrabada, debí quedarme dormida. Hoy me despierto en la comodidad de mi cama y no hay ni rastro de él, aunque huele a café, y escucho a Bobby maullar.

Giro el cuello para ver la hora en mi reloj. ¡Las once! ¡Dios mío! Salgo a mil por hora de la cama ¿Cómo he podido dormir tanto? Y Dominic, ¿dónde demonios está? La idea de que se haya largado sin más, después de todo lo de anoche, me hace apretar los dientes.

Corro fuera de la habitación, descalza. Mi plan es meterme al baño, lavarme la cara y desperezarme lo suficiente para salir disparada a la oficina. Pero cuando abro mi puerta, me detengo en seco.

Dominic está en mi cocina, con el pelo revuelto y sigue llevando los pantalones de Dylan. Se está tomando un café mientras acaricia a Bobby.

—¿Por qué no me has despertado? Es tarde.

—Tenemos el día libre.

—¿Desde cuándo? —Me voy acercando, estrechando la vista por la luz que se cuela a través de las ventanas. N
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