No sé cuánto tiempo llevamos hablando, pero cuando miro alrededor, me doy cuenta de que estamos solos. Las otras mesas están vacías, las velas casi consumidas, y las guirnaldas de luces se mecen con el viento como si también estuvieran cansadas.
—Deberíamos irnos —digo.
—Nos podemos quedar todo lo que queramos.
Echo la vista atrás, a los ventanales que apuntan dentro del restaurante cubierto dónde las luces están apagadas.
—Deberíamos irnos —repito, señalando el interior, dónde seguramente los trabajadores nos estén odiando—. Ésta gente tiene que descansar.
Dominic entrecierra los ojos, pero no discute. Se levanta con esa elegancia suya, como si cada movimiento estuviera calculado, y me ofrece su mano. La acepto, aunque solo sea para no hacer el ridículo tropezando con mis tacones después de cinco copas de vino. Su mano se siente cálida y firme mientras me incorporo, justo lo que necesito. Me veo a mí misma apretandola con más fuerza para que no me suelte mientras me guía por el patio