No sé cuánto tiempo llevamos hablando, pero cuando miro alrededor, me doy cuenta de que estamos solos. Las otras mesas están vacías, las velas casi consumidas, y las guirnaldas de luces se mecen con el viento como si también estuvieran cansadas.
—Deberíamos irnos —digo.
—Nos podemos quedar todo lo que queramos.
Echo la vista atrás, a los ventanales que apuntan dentro del restaurante cubierto dónde las luces están apagadas.
—Deberíamos irnos —repito, señalando el interior, dónde seguramente los