El silencio de la hacienda siempre me recordaba a un cementerio, pero esa noche se sentía más pesado. Después de que Julián se fuera de mi puerta con esa disculpa a medias, me quedé sentada en mi cama. Sus palabras daban vueltas en mi cabeza: "Él merece que alguien lo ame de verdad".
Era una ironía cruel. Julián me pedía que amara a su hijo, pero él se encargaba de borrar cualquier rastro de la mujer que le dio la vida. Me levanté y busqué bajo el colchón. Mis dedos rozaron el papel frío de la