La señora Ortega se dio la vuelta y siguió picando unas verduras con una rapidez que delataba su ansiedad. El sonido del cuchillo contra la madera era lo único que llenaba la cocina. Yo me quedé ahí parada, con la taza vacía en la mano, sintiendo que el silencio de esa mujer era una confirmación de que algo andaba muy mal. En este rancho, el apellido Galán significaba un poder que podía aplastar a cualquiera, y el miedo de la señora Ortega me lo decía todo.
—Dígame la verdad —insistí, bajando l