Faltaba apenas un día para la boda de Mariana con Carlos Rodríguez.
A pesar de todo lo que había pasado, de los insultos de mi hermana y de la frialdad de mi madre, una parte de mí no podía aceptar la idea de no estar allí. Era mi sangre, era mi familia, y el peso de la lealtad que me habían enseñado desde niña me estaba aplastando el pecho.
Julián estaba de pie frente a mí en el pórtico, con su figura imponente bloqueando la luz del sol. Me miraba con esa expresión indescifrable que solía pone