La cena fue un suplicio silencioso. Julián llegó cansado, con el polvo del camino todavía en las botas. Se dio una ducha rápida y se sentó a la mesa con nosotros, moviéndose con esa parsimonia de quien es dueño de todo lo que pisa. Yo apenas podía probar bocado; sentía que la comida se me atoraba en la garganta mientras miraba a Julián comer con tranquilidad. Él, como siempre, no decía mucho, pero sus ojos oscuros me recorrían el rostro cada vez que levantaba la vista de su plato. Notaba que mi