La noche anterior terminó de una forma que no esperaba. Después de la cena tóxica con Ricardo, lo único que quería era encerrarme y no salir hasta que Julián volviera de Costa Rica. Pero el destino, o mejor dicho, la mano controladora de mi marido, tenía otros planes.
Escuché el motor de un coche conocido entrando por el camino principal. Al asomarme, vi a don Carlos, el chofer de toda la vida de los Galán, bajando de un sedán negro. Le abrió la puerta trasera a alguien y mi corazón casi se sal