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La cena se sentía como un funeral antes de tiempo. Ricardo se había sentado en el lugar de Julián, en la cabecera de la mesa de roble, con una naturalidad que me revolvía el estómago. Verlo ahí, ocupando un espacio que no le pertenecía pero que llenaba con una arrogancia magnética, me hacía sentir que la hacienda ya no era el refugio que creía haber encontrado.

La señora Ortega servía los platos con una rigidez militar. No decía nada, pero su lenguaje corporal hablaba por ella: la forma en que
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