La llegada de Ricardo Galán había caído como una piedra en un estanque de cristal. La señora Ortega, con ese gesto de resignación que solo tienen los que han visto demasiadas tragedias, se encargó de ayudar al "hermano problemas" a acomodarse en una de las habitaciones de huéspedes de la planta alta. Yo aproveché el revuelo para escabullirme. No quería estar cerca de ese hombre que me miraba como si fuera un acertijo que planeaba resolver a la fuerza.
Me mantuve alejada, refugiándome en la coci