Julián me tenía atrapada. Sus manos, grandes y callosas, se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, golpeando la madera del pasillo. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, un contraste violento con el frío de la noche.
—Te di una oportunidad, Valentina —susurró. Su voz era un gruñido bajo, empañado por el whisky—. Te pedí que lo cuidaras, no que destruyeras lo poco que queda de paz en esta casa.
—¡Paz! —le grité. No iba a bajar la mirada, aunque el corazón me golpear