Me desperté con el sonido de un motor alejándose por el camino de grava. No necesité mirar el reloj para saber que era Julián. Se iba temprano, como siempre, huyendo de la casa y, sobre todo, huyendo de lo que había pasado anoche en el pasillo.
Me toqué los labios con la punta de los dedos. Todavía los sentía hinchados, calientes. El eco de ese beso me quemaba la piel y me llenaba de una rabia sorda. Me odiaba. Me odiaba por no haberle dado una bofetada, por haber permitido que mi cuerpo respon