La madrugada reposaba sobre la mansión Velardi con un silencio casi sagrado. Afuera, el viento acariciaba suavemente los árboles del jardín, haciendo que las hojas susurraban en tono de secreto. Dentro de la casa, todos dormían… o casi todos.
En el cuarto de huéspedes, Isabella se revolvía en la cama. Las sábanas arrugadas envolvían sus piernas, y una fina capa de sudor que humedece su nuca. Sus pestañas temblaban sobre la piel pálida, y el ceño fruncido revelaba aquello que solo los sueños podían contar.
En ese umbral entre la vigilia y el inconsciente, ella caminaba.
Estaba en el jardín de la mansión, pero todo parecía más vivo. El cielo era de un azul profundo, salpicado de estrellas que titilaban como si respiraran. El suelo bajo sus pies descalzos era suave, cubierto por una alfombra de hierba fresca, con gotas de rocío brillando como diamantes bajo la luz de la luna.
Isabella vestía un vestido ligero, blanco, que ondeaba a cada paso. Ella también se sentía liviana, como si su al