La madrugada reposaba sobre la mansión Velardi con un silencio casi sagrado. Afuera, el viento acariciaba suavemente los árboles del jardín, haciendo que las hojas susurraban en tono de secreto. Dentro de la casa, todos dormían… o casi todos.
En el cuarto de huéspedes, Isabella se revolvía en la cama. Las sábanas arrugadas envolvían sus piernas, y una fina capa de sudor que humedece su nuca. Sus pestañas temblaban sobre la piel pálida, y el ceño fruncido revelaba aquello que solo los sueños pod