El despertar fue abrupto.
Isabella se incorporó en la cama, jadeante, con el corazón desbocado dentro del pecho. La respiración corta e irregular delataba el peso del sueño que aún flotaba en su mente. Letícia. El jardín. Las palabras dulces. El abrazo imposible. Pasó las manos por el rostro húmedo de sudor y de lágrimas secas, intentando distinguir qué era recuerdo, qué era sueño… y qué ya comenzaba a convertirse en una extraña saudade.
La casa estaba sumergida en el silencio de la madrugada, envuelta por la penumbra azulada del cielo antes del amanecer. Isabella se levantó despacio, los pies descalzos tocando el suelo frío. Miró a su alrededor y todo estaba en su sitio, excepto su corazón.
Se pasó la mano por el rostro, sintiendo las lágrimas secas sobre la piel. Y, impulsivamente, se levantó. Abrió la ventana y dejó que el aire frío de la madrugada invadiera la habitación.
Afuera, en el jardín, la misma Delphinium que había visto en el sueño florecía en silencio bajo la luz tímida