El despertar fue abrupto.
Isabella se incorporó en la cama, jadeante, con el corazón desbocado dentro del pecho. La respiración corta e irregular delataba el peso del sueño que aún flotaba en su mente. Letícia. El jardín. Las palabras dulces. El abrazo imposible. Pasó las manos por el rostro húmedo de sudor y de lágrimas secas, intentando distinguir qué era recuerdo, qué era sueño… y qué ya comenzaba a convertirse en una extraña saudade.
La casa estaba sumergida en el silencio de la madrugada,