La noche avanzaba despacio, como si el tiempo también respetara el silencio denso que se había instalado en la mansión Velardi. Después de la cena, Marco aceptó la invitación de Lorenzo para tomar un whisky en el despacho. Era un espacio acogedor, revestido por altas estanterías de madera oscura, repletas de libros y recuerdos de viajes: mapas antiguos, esculturas discretas, fotografías que enmarcan tiempos lejanos.
Lorenzo sirvió dos dedos de un single malt envejecido hace más de veinte años. El líquido ámbar relucía bajo la luz baja de las lámparas. Le entregó el vaso al amigo, pero no dijo nada. Simplemente se acomodó en el sillón frente a la chimenea apagada y bebió un largo sorbo de whisky, como quien buscaba valor en el fondo del vaso.
Marco, más observador que nunca, hizo girar el licor en la copa con suavidad y rompió el silencio:
—¿Vas a decirme qué está pasando o prefieres que lo adivine?
Lorenzo alzó los ojos lentamente, y su mirada cansada, turbia de sentimientos, se encon