La noche avanzaba despacio, como si el tiempo también respetara el silencio denso que se había instalado en la mansión Velardi. Después de la cena, Marco aceptó la invitación de Lorenzo para tomar un whisky en el despacho. Era un espacio acogedor, revestido por altas estanterías de madera oscura, repletas de libros y recuerdos de viajes: mapas antiguos, esculturas discretas, fotografías que enmarcan tiempos lejanos.
Lorenzo sirvió dos dedos de un single malt envejecido hace más de veinte años.