Mundo ficciónIniciar sesiónAparqué el coche exactamente a veinte metros del portón principal. Ni un centímetro más, ni uno menos. Desde afuera, la mansión se erguía como un monumento al orden y al silencio. La fachada blanca, las columnas simétricas, las ventanas tan pulidas que reflejan la mañana nublada como espejos helados. Aquella casa siempre tuvo ese efecto en mí: intimidante e íntima al mismo tiempo.
Suspiré, apoyando las manos sobre el volante por unos segundos. Las uñas rojas, recién hechas, impecables como siempre. Ajusté el retrovisor y enfrenté mi propio reflejo. Había algo en mis ojos esa mañana… una tensión contenida. Reconocía el brillo. Rabia. Pero







