La manija giró con un leve chasquido, y la puerta se abrió lentamente, dejando entrar la suave luz del atardecer. Isabella cruzó el umbral de la casa con pasos lentos, el rostro pálido, el cabello despeinado por el viento y los ojos humedecidos, aunque firmes. En sus brazos, bien acurrucada contra su cuello, Aurora venía en silencio, aún temblando, como si su pequeño mundo hubiera sido sacudido y ahora solo encontrara refugio en el calor de aquel abrazo.
A pesar del brazo herido, que latía sin